El viejo motor emitió un último sonido quejumbroso y ahogado. Sus pistones de latón de detuvieron por fin, mientras aquel carro de hierro se arrastraba unos pocos metros más por pura inercia. El Gato miró la aguja, aunque ya sabía perfectamente donde estaba.
La rabia. La rabia lo había impulsado durante años. Cada vez que la carretera tomaba una pendiente demasiado abrupta, o que el terreno se volvía irregular y difícil de transitar, el tan solo pisaba el acelerador. Y de alguna forma mágica que no alcanzaba a comprender, aquella máquina maravillosa convertía la rabia, la quemaba y la transformaba en impulso. El solo tenía que apretar los dientes, aguantar aquella sensación ardiente en las venas, y seguir adelante. Siempre adelante.
El depósito estaba vacío. La máquina, muerta. El carro de hierro se había transformado en otro elemento estático del paisaje. La arena, caliente y afilada, mordió las plantas de sus pies como pirañas hambrientas de humedad. Sobre él brillaba el sol, abrasador y gigante. Tan solo un antiguo cartel proyectaba algo de sombra.
También sabía lo que decía. Lo que ponían las letras, aunque no fuera su significado real. Había sonado antes.
Había estado aquí antes. Bajo los incontables granos de arena, tantos como estrellas en el cielo, yacían enterrados los fantasmas de sus pasos pasados. ¿Cuántas veces había recorrido su periferia? Los caminos interminables de espirales secantes hacia un mismo punto. El cielo negro lejano e inmaculado. Las puertas de emergencia siempre tapiadas.
Y aún así, de alguna manera, siempre había escapado de él. Como un protón recién nacido junto al horizonte de sucesos. Dejando tras de sí una imagen negativa atrapada para siempre.
Miró las tormentas de arena, las montañas escarpadas y amenazadoras, los ecos terribles de futuros ya imposibles. El desierto era un lugar terrible. Debería sentir miedo. Tristeza. Algo. Pero era como si aquella arena, tan blanca y redonda, absorbiera todos los sentimientos hasta dejarlo a uno vacío.
No tenía sentido alargar aquello más. Se tumbó en el suelo y dejó que el desierto se alimentara de él. De sus esperanzas y sus pesadillas por igual. Por un momento fue una colonia de bacterias en una placa de petri, difundiendose en todas direcciones.
Por un momento pensó que tendría que haber tomado otro rumbo en la última bifurcación. O rellenado el depósito en la última zona de descanso. Haber arreglado aquel viejo motor hace mucho tiempo. Pero el desierto no tardó en llevarse esos pensamientos también. Pronto sólo quedó aquella angustiosa sensación de vacío y desgana. Un sueño pesado y pegajoso que gritaba “Si no vas a ir a ningún lado ¿Por qué no echarte aquí a dormir?.
Se levantó. No tenía del todo claro cómo había llegado allí. Y no tenía ni idea de cómo había salido en otras ocasiones. Pero tenía claro que aún no era el momento de adentrarse en el desierto.
